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Y conforme a lo dicho, profesor, aquel pactado encuentro de esos dos inmensos soles casi extintos, gigantes rojos que se transformarán finalmente en dos cuencas muertas en la espesura del espacio, profesor, que tragarán la luz, dos pozos ciegos, profesor, tal como los ojos de quien le hablara, de aquella fauce tibia que me mordió en la entrepierna y que me haya dejado con el leve sobresalto de los alucinados, sobre todo en las mañanas tan frías de estos días, profesor. El rumbo de la historia ha tomado un cariz sombrío, como si el invierno no se hubiera retirado, y la oscuridad se cuela por las rendijas de las casuchas, por las rendijas que deja la piel muerta y seca, el cansancio del traqueteo, profesor, las almas deambulando arrastrando la bolsa del pan rancio, las migajas de la mesa de tío caifás, como usted sabe profesor. Tintas de mi sangre, resquemores y temblores ansiosos por verla cruzando la esquina, parada en la ramita de un arbolito, toda cubierta por las perlas que dejó la lluvia de la madrugada, haciéndole el quite la las garras siniestras a lo perdigones de hielo que tratan de asaltarla, profesor. Yo me inquieto, es lo mínimo. Y en este largo pasaje a la extinción, el feriado eterno, el peregrinaje de los descalzos, las dudas y las oraciones abiertas como puertas al cadalso adquieren la monotonía de lo indecible, la rutinaria maquinaria de la burocracia, todo se hace un trámite en las oficinas del sanedrín, profesor. Y entonces me acurruco en el último cajón de la cómoda, como queriendo decir que cuando ese sol cansado de brillar se vuelva un gigante iracundo y rojo y todo lo incendie, yo, asido a una fotografía de mis vidas pasadas, la de terno y corbata en mi funeral, estar´temblando de alegría por que todo por fin habrá terminado, y el peregrinaje adquirirá otro cariz supongo profesor. Ahora intento quitarme este olor de llaga supurante, saciar el hambre de hiena, huir por algún punto no congestionado de esta urbe que es un montón de escombros, profesor. Y el papel, profesor, no resulta suficiente, y lo que he registrado puerilmente con mi maquinita de registrar, las imágenes que cargo en la mochila sin fondo, en el saco roto, se desahacen, se destruyen en las retinas de los ciegos, profesor, y entonces me desespero y en un grito ahogado de la existinieblas me duermo extenuado lleno de preguntas y respuestas, hasta que nuevamente todo comienza desde cero.
¿El empate?
La situación de la no (tachado) actualidad (ilegible) se (tachado) reduce (ilegible) a la problemática registrada últimamente, producto del deterioro(ilegible) manifestado (tachado) en ciertos personajes (ilegible) de la cuántica(ilegible) economía (tachado) global (ilegible) del espíritu. Si el Ciudadano promedio, defeca de uno a dos Kg de(ilegible) remordimientos (ilegible) económicos, se podría calcular, que a ese ritmo de crecimiento, en un plazo de 350 años, la franja de tierra, que al norte linda con Perú, y al Sur, con el Polo Sur, desaparecerá irremediablemente bajo una costra de excrementos de grosor hasta ahora imprecisable. Debido a esto, que nuestro eficiente ministerio de vivienda y urbanismo, ha estimulado la construcción de nuevas edificaciones de hacinamiento público (DFL 767), que se proyectan como una viable solución al problema de la supra-defecación de los habitantes de la república; ya que estos edificios se emplazarán por sobre los 8000 Mt snm, con un espacio promedio de 1,5 mt cuadrados por cada 1.87 habitantes, lo que a su vez, aplacaría la necesidad del habitante común, de estar más cerca de dios.
Sus ojos no son tan obscuros. Pero su pelo es negro, negro como una noche negra. Tiene un pequeño lunar sobre la ensortijada maraña que se cierne sobre su vulva.
“Los mismos cadáveres flotando lo de siempre, en las vidas de siempre, hablando lo de siempre. Científicamente, detrás de el vidrio del vaso con pisco, se descifra tu borrosa boca, tu nariz, tu sombra. Es un país imaginario, como siempre. Desearía correr la cortina de vidrio, sin cortarme los ojos, los párpados; sin mencionar las porquerías secretas que no nos hacen mirar, ni deducir, ni encumbrar volantines que se emborrachen en el aire.
A las once en punto volvió a la prefectura para almorzar. El día estuvo tranquilo, salvo un atropello en la avenida Blanco, en donde siempre atropellaban a alguna persona. Salvo ese accidente, nada más. Le fue asignado su cuadrante de patrullaje en el centro de la ciudad, un perímetro aproximado de unos cuatro kilómetros. Esa mañana la lluvia se había detenido después de caer implacablemente por casi dos semanas. Las nubes marchaban hacia el este dejando ver el cielo de un azul intenso. Le agradaban esos días en que escampa después del temporal. Los colores se vuelven más puros, el olor de la tierra más penetrante y todo está mucho más diáfano, mucho más limpio. Así que más que patrullaje en su moto enduro, fue un paseo, salvo, claro está, el incidente del atropello. Había mucha gente por las calles, y el tráfico, para una pequeña ciudad como aquella, era un pandemonium ya a esas horas. Pensaba en lo que podría hacer el fin de semana mientras su moto ronroneaba entre sus piernas al dirigirse a la prefectura a toda velocidad. Podría salir con algunos compañeros a tomar un trago en algún local. Quizás salir a pescar al Lago. Siempre le invitaban y nunca accedía. Ahora podría entusiasmarse. Ir al cine o a comprar ropa en el Mall del centro a cuenta de su tarjeta de crédito. Habían llegado unos pacos nuevos, recién salidos de la escuela. Parecían niños en uniforme que les quedaba algo grande. Apenas diez meses y a la calle, asignados a algún retén o comisaría. Parecían pollitos obedientes. La calle los iría curtiendo, enseñándole las mañas respectivas, formándoles el carácter. Se harían hombres. Bueno, al menos ganarían un sueldo seguro, techo y comida proporcionada por la institución. Algunos no eligen ser pacos, viene en los genes, por decirlo de alguna manera. Linajes de pacos. ¿Qué vas a ser cuando grande?. Voy a ser carabinero, como mi papá. Y otros que no tuvieron otra, llegó el enganche y a los cuarteles. Esperar la jubilación y hacer la pega. Obedecer. Hacer cumplir la ley sin cuestionamientos. Una ley que por lo general apenas uno entiende. Seguir el procedimiento. Llenar las minutas, formular las preguntas, atrapar al malo, proteger a la niña inocente que duerme tranquila. Baldear los calabozos pestilentes. Esas cosas. Un Paco. Treinta años para jubilarse como suboficial mayor. Treinta años de servicio para que llegue un cabro de mierda rubiecito, recién ascendido a subteniente y te mandonee, por que así es la cosa. Las órdenes se obedecen y no se cuestionan. Es una institución jerárquica. Como mi suboficial Puente. Lleva 25 años y todavía es sargento. Ya se está aburriendo, le gusta más manejar el colectivo, quedarse en la casa, engordar. Sin embargo el que manda es el suficial mayor González. Chucheta el viejo. Y no se ve viejo como Puente. Si hubiese podido entrar a la escuela de oficiales lo habría hecho, pero para eso hay que tener plata, y apellido, además. ¿Qué te preguntaban cuando chico? Pim pim quié es este ¿paco o ladrón?. Y él elegía paco, siempre paco. Y manejando una moto. ¿Cuándo iba a poder manejar una moto?. ¿Ir a la universidad?. Eso es para los pijes. No hay que ni tocar a los universitarios cuando uno se los lleva presos por tomar en la vía pública. Uno no sabe de quién puede ser hijo el niño. Aunque a veces se cobra la cuenta, un par de palos o su patada en el culo cuando los agarran tirando piedras. Pero eso es un juego. Adrenalina, como dice el chico Perez que le brillan los ojitos cuando hay que ir con g-8 a una protesta. Entre trabajar de obrero o seguir la pega del taita, mejor ser paco, al menos se tiene la posibilidad de ascender, de que le suban el sueldo, y la atención médica, se puede formar una familia sin muchos sobresaltos. Además te dan crédito al tiro en cualquier banco. Es cosa de saber administrar la plata, aunque al principio no es mucha, pero tampoco al principio uno tiene mucho gastos.
Ese verano tembló casi todos los días. Si uno pegaba la oreja en el suelo, podía sentir el ronroneo de las masas ígneas desordenándose en las profundidades. Pero era verano, y por lo demás, los temblores habían pasado a ser parte de la rutina estival. Claro, habían por ahí pronosticado un terremoto, pero habían ya anunciado tantas catástrofes de tantas y variadas materias que la gente se había vuelto totalmente incrédula. Los vecinos que pudieron salir a alguna parte, playa, cerro, río, agarraron sus corotos y partieron no sin avisarle a su vecino que le echara un ojo a la casa. Se había puesto tan malo el barrio, oiga. Ni siquiera se podía dejar la ropa tendida sin correr el peligro de que se la robaran. Claro, todo el problema radicaba en la instalación de la nueva población en el décimo sector, gente de mal vivir beneficiada con una casa, oiga, que mi general tuvo la generosidad de regalarles. Y en vez de trabajar, estos flojos de mierda lo único que hacen es tomar y robarle a la gente honrada, quemar neumáticos en las noches y meter barullo. Si mi general los hubiera dejado patalear en sus campamentos, hubiese sido mucho mejor. “Váyale no más vecino, que yo le echo un ojo a la casa”. Y abordaban el bus a alguna parte y desaparecían. Los que no pudieron salir, se las arreglaban de igual forma. Largas jornadas de manguereos en donde los viejos se turnaban para echarle agua a la bandada de cabros chicos, que revoloteaba bajo el arcoiris que se formaba con el chorro abanicado, muertos de la risa. O se organizaban excursiones hacia las pozas de los cerros, y en los caminos resecos por el sol implacable, gente proveniente de otras poblaciones se juntaba alegremente, en un largo peregrinaje por las laderas de los cerros.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/